viernes, noviembre 17, 2006

POR FAVOR: ¡ PIRATEEN MIS CANCIONES! Gracias,...

Soy un músico con suerte. Mi grupo ha vendido, por los pelos, más de 10.000 copias de su primer LP. En un mundo en el que Enrique Iglesias coloca seis millones de CDs cantando así, esta modesta cifra tampoco es para tirar cohetes. Pero si me aplicase tanto como futbolista, jugaría en primera división y, si me dedicase a la medicina con tanto éxito, sería neurocirujano. Durante un par de semanas del mes de abril de 2000, uno de nuestros singles se coló en el número diecisiete de las listas de ventas en España; el número tres, si se contaba únicamente a los artistas nacionales. Cada año salen 32.000 discos nuevos al mercado en todo el mundo y sólo 250 convencen a más de 10.000 compradores. Apenas el 0,7% de los músicos que han presentado disco el año pasado (la gran mayoría no llega siquiera a grabar) es más afortunado que yo.
Se pensarán que nado en dinero. O que, por lo menos, vivo dignamente de mis habilidades musicales. ¿Cuánto cobra el 0,7% con más suerte de su profesión? No les aburriré con cifras pero, tras tres años de esfuerzos hasta conseguir ver mi LP en las tiendas, sólo he ganado poco más de medio millón de pesetas (unos 2.800 US$) por venta de discos y derechos de autor. Apenas 14.000 pesetas al mes es lo que me ha rentado mi afortunada carrera musical. Mi parte alícuota del local de ensayo –la garantía de que mis vecinos no me echarán de casa por ruidoso– me sale por seis mil pesetas al mes. Estas navidades quemé la mitad de mis beneficios en
un teclado nuevo, un capricho. Si tuviera un gerente con facultad para vetar mis presupuestos, seguiría tocando con el casiotone que me regalaron los Reyes Magos en 1986.
No culpo a la piratería de mi bancarrota. No a la de "sexo, drogas y rock and roll" que aparece en el anuncio de pésimo gusto con el que la
SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) intentó concienciar a los melómanos de la necesidad de pasar por su caja. Como la gran mayoría de los chiflados que malgastamos nuestro tiempo en locales de ensayo y nuestro dinero en instrumentos y amplificadores, prefiero la satisfacción personal de saber que alguien se molesta en escuchar mi música a las treinta pesetas que me tocan por cada copia vendida (la cuarta parte si el disco está de oferta o es comprado durante una campaña de televisión).
Si mi gerente, ese imaginario del que les hablaba antes, fuese listo, estaría de acuerdo conmigo.
Por cada concierto que doy, gano, dependiendo del aforo y la generosidad del promotor, entre 15.000 y 60.000 pesetas limpias. Prometo que si acuden a alguno de ellos, no les pediré una fotocopia del código de barras del CD para entrar. Como todos los músicos que hayan hecho las cuentas, sé que son más rentables 100.000 fans piratas que llenen mis conciertos a 10.000 originales.
El mp3,
Napster o Gnutella tampoco van a acabar con la música. Ni con la mía ni con la de nadie. Les aseguro que, afortunadamente, puedo prescindir de las 14.000 pesetas mensuales que generan mis derechos de autor y mis royalties. A Metallica, y a cualquier grupo superventas, la regla, aunque sus cifras sean mayores, le vale igual. Dan mucho más dinero los conciertos, las camisetas y los anuncios que un grupo de su fama puede grabar, que el royalty (entre el 8 y el 15% del precio de venta a mayorista) que pagan las multinacionales por disco vendido. Es cierto que las compañías discográficas costean la grabación y la promoción de los músicos, pero ¿conocen algún otro negocio en el que el reparto entre los que aportan la idea y la mano de obra y los que ponen el dinero sea tan desigual? Les confieso que no entiendo las razones que movieron a Metallica y compañía a poner la cara por sus patrones. Todo, para que sus fans se la partan, pacte Dios con el Demonio y Napster pase de pirata a corsario. A mí se me habría puesto cara de tonto.
La distribución gratuita de las canciones por Internet no terminará con la creación musical, pero espero que sí lo haga con los abusivos tratos que impone la industria discográfica. Y eso que los 'juntanotas', con el tiempo, hemos mejorado bastante. Si los pobres
músicos de blues de los años cuarenta –esos a los que el sello RCA (hoy, propiedad de Bertelsmann, el socio de Napster) pagaba seis dólares y una botella de bourbon por grabar sus canciones– oyesen los lamentos del batería de Metallica, Lars Ulrich...
No puedo alegar que no sabía dónde me metía cuando hace un año y medio firmé mi contrato con
Universal Music. En aquella reunión, un alto directivo de la compañía me resumió en una sola frase los nueve folios del acuerdo: "Las discográficas somos un mal necesario". No lo voy a negar. Sin ellas, mi grupo jamás habría vendido 10.000 discos. Aunque estoy seguro de que sí hubiese podido regalarlos.

Por Ignacio Escolar, Sacado de la página de TeleCirco.

3 comentarios:

Okupa dijo...

Prometo piratear tus canciones y sobre todo asistir a tus conciertos cuando vengais por mi ciudad, Sevilla. Esta claro k hoy día la industria discografica es un enorme gigante que lo kiere engullir todo, no solo explotar a una gran mayoria de musicos, sino k tambien pretenden exprimirnos a los amantes de la música. Ese no es el camino. El intercambio musical en la red es imparable. Hay grandes señores acostumbrados a ganar demasiados millones al año y que no estan dispuestos a perder su estatus y para ello y lo mas sorprendente, es k embarcan en una cruzada a aquellos a quienes chupan el ingenio y el autentico trabajo creativo, y un gran colectivo de estos currantes musicales defienden a sus señores patrones. Que conste k yo no defiendo el pirateo de las mantas, yo defiendo la lucha contra el Gigante Goliat, a base de minusculas pedradas a traves de internet mediante el intercambio musical entre los millones de David que queremos acabar con los abusibos precios de los CD's. Invito a todos a seguir descargando música de internet y a disfrutarla y sobre todo a disfrutar más en los conciertos. Por cierto, tambien tendreis que tirar piedras los musicos para derribar a Goliat. Si los precios fueran mas razonables, yo compraria mas musica original, e internet lo dejaria para aquello que no puedo encontrar en las tiendas de mi ciudad. 1 cd = 6 € ¡BUEN PRECIO!

Andreina dijo...

Ciertamente, he oido a muchos músicos decir lo mismo: Pirateen mis canciones!!!
En Venezuela se ha dado mucho el caso de que grupos desconocidos, sin disquera, logran colarse entre la música pirata y convierten sus temas en tremendos éxitos, fuera del sistema.
De allí, de la calle, de la boca de la gente saltan a las radios y por supuesto, proyectan al artista para presentaciones en vivo, donde está realmente el dinero.

Ahora bien, ustedes (españoles en su mayoria) hablan principalmente de la piratería digital, la que se descarga por Internet, que es un poco más "privada", digamos. Pero aquí en Venezuela, el mal mayor está en los buhoneros, es decir, en los señores que hacen copias de discos, con carátulas fotocopiadas, con errores de reproducción y los venden descaradamente en las calles, llegando a formar verdaderos mercados de música pirata.
Eso sí me parece un ejercicio terrible de subdesarrollo.

Yo apoyo la libertad del intercambio de canciones como se hace en Napster o en Limewire, pero tener los discos piratas en la calle de esa manera, no me parece nada culturalmente avanzado ni técnicamente desarrollado. Al contrario.

Con respecto a la opinión de Ricky Martin, es cierto que quizás es muy individualista. Pero refleja un poco la posición de los compositores (sobre aquellos que no son estrellas)que quisieran recibir algo más que la satisfacción de escuchar su música en la radio...

En fin... la cuestión es complicada y hay muchos intereses de por medio, pero lo cierto es que la descarga de mp3 es indetenible y de alguna forma,provechosa para EL ARTISTA.
Sólo basta que la industria de la música se de cuenta de ello y pueda reinventarse de alguna manera para valerse de ello, en vez de atacarlo.

Saludos!

Maestre_de_campo dijo...

Podemos distinguir entre intercambio de archivos y piratería. El primero sería de usuario a usuario sin lucro; y el segundo sería de proveedor a usuarios con lucro.

La diferencia es evidente y la ilicitud también. Que alguién haga una copia de algo que ha comprado es legítimo; que venda la copia obteniendo un lucro es de legitimidad dudosa, pero que lo comparta con quién le plazca entra de lleno dentro de su derecho de uso como propietario de un original.
Compartir implica aceptar que quien comparte posee, en orígen, título legítimo de propiedad que, en muchos casos, es imposible de verificar.
Compartir cultura implica dar a conocer autores nuevos, el Koala, y difundir valores propios de internet como la libertad yla generosidad.

Compartir no es delito, en todo caso robar un canon, por si acaso, sí debería serlo.