martes, octubre 23, 2007

DE LA DESMEMORIA HISTÉRICA Y LA CIUDADANÍA MALEDUCADA


Corren malos tiempos para la lírica de la razón, o para la razón lírica, que es menos peligrosa que aquélla otra que cortaba cabezas en Francia y que, además, es capaz de aunar el frío y la plata racional con el fuego y el desvelo romántico. Vamos, esa razón que no dejará nunca de soñar con un plano del laberinto, que decía Borges. Porque en un laberinto andamos metidos en esta España nuestra. Un laberinto de plano y geografía, claro, por toda la movida nacional-socialistona, tan de boina y garrote, y un laberinto político, que no es tal por sus complicados recovecos y afilados matices, sino mayormente por todo lo contrario. Por la ausencia de ideas, por la absoluta ignorancia, por la hegemonía de la nada y el absurdo, lo que nos lleva a un laberinto mucho más problemático, tal que los mares o el desierto.

Y por si todo esto fuera poco, por si el presente no se presentara preocupante y el futuro no diera suficiente vértigo, resulta que desde ese foro artificial que es el Congreso –única jaula en la que los leones vigilan desde fuera a los domadores, que son los que, verdaderamente, tienen peligro- pretenden ahora repartir patentes sobre el pasado, sellarnos el pasaporte de la memoria y obligarnos a pasar, cuando queramos volver la mirada, por unos arcos detectores debidamente reglamentados capaces de filtrar todo atisbo de duda o escepticismo hacia la visión puramente gubernamental. Ya nos avisó Orwell de eso de que quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado, que es precisamente el objetivo. Lo cual que además de establecer por ley una memoria colectiva, se hace urgente el control del futuro vía educación ciudadana, entendiéndose ciudadanía como masa informe y homogénea, sumida en el lodazal de lo colectivo, como no podía ser de otra manera proviniendo la ley de los socialistas que sufrimos, tan amantes de la tribu y el rebaño.

Así se desprende de la inmensa mayoría de los libros de texto que, a modo de manuales del buen salvaje revolucionario, andan ya despachándose en las librerías. Para muestra tres botones: “En 1789 la Revolución Francesa terminó con el absolutismo, devolvió a la gente el poder e instauró un régimen de igualdad y libertades individuales que se llamó liberalismo. En 1917 otra revolución, en Rusia, derrocó a los zares, devolvió al pueblo el poder e instauró un régimen de igualdad y libertades colectivas que se llamó socialismo. En ambos casos, pero de forma distinta, renació la vieja democracia inventada muchos siglos atrás por los griegos” (Ediciones del Serbal, pág. 64); o “Educar en democracia es iniciar en los valores de la participación... porque el hombre es social y comunitario y no puede quedar reducido al ámbito de lo individual” (Ed. Bruño, pág. 17); o “Es preciso que los jóvenes sean injustos con los hombres maduros. Si no, los imitarían y la sociedad no progresaría” (Ed. Mc Graw Hill, pág. 57). Ya sólo queda que junto con los citados manuales se obligue a los niños a leer las obras completas de Mao y se rece cada mañana por la memoria del comandante Guevara. Y ante todo esto, la oposición pidiendo, no una educación absolutamente libre (absoluta liberalización), ni siquiera mínimamente libre (cheque escolar), sino el hecho de imponerles a los niños cosas distintas. Y frente a ambos, una cohorte de borregos que aplauden las gracias de unos u otros sin pararse a pensar que quizá ambos cojeen del mismo pie. Pero claro, como es por hacer de nuestros jóvenes unos mejores ciudadanos…

Y lo mismo pasa con la puerta trasera, con la colectivización del recuerdo, con la imposición de una única memoria vía ley parlamentaria –ergo arbitraria y desestabilizadora, dicho sea de paso-, donde de nuevo sólo el pasotismo y la visceralidad y el rencor y las pocas lecturas pueden hacer posible que se trague con lo que se nos ha hecho tragar, pues para despreciar todo cuanto significó la II República, que es la bandera que se empeñan en agitar y reivindicar, bastaría saber que comenzó con un amago de golpe de Estado, primero, y una toma de poder harto dudosa, después; que nada más echar a andar empezaron a caer los muertos, ora de acá ora de allá, que siguió con otra intentona golpista en los campos mineros y que terminó con otro golpe de estado y su consiguiente guerra civil. A cualquier persona más o menos avispada y ausente de una gran maldad esto le sobraría para espantarse de que 75 años después, y con la que ha caído desde entonces, un Gobierno democrático inserto en un país más o menos moderno se dedicara a reivindicar aquellos tiempos oscuros.

En cualquier caso, pese a que no puede uno escapar de la alargada sombra del fascismo al criticar la segunda aventura republicana –que de la primera podría largarse también lo suyo-, nunca está de más responder a la petición de caldo con dos o tres tazones, que esta vez vienen servidos por los propios padres fundadores de aquella cosa trágica que los bobos de opereta de hoy en día, con la comida servida y la globalización a sus pies, pretenden reivindicar, pese a que no saben ni lo que fue, ni lo que se hizo, ni lo que se dijo. Pues bien, en cuanto a lo que fue y lo que se hizo, que se pongan a leer. Y en cuanto a lo que se dijo, quizá les ayuden cosas como: "La verdad real: estamos derrotados por nuestras propias culpas: por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos" (Julián Besteiro); o “La guerra está perdida, pero si por milagro la ganásemos, en el primer barco que saliese de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban” (Manuel Azaña); o “Hace años, en un mitin celebrado en el cine Pardiñas en el que hablamos Saborit, Besteiro y yo, decía yo que si me preguntasen qué quería, mi respuesta sería esta: República, República, República. Si hoy me hicieran la misma pregunta contestaría: Libertad, Libertad, Libertad” (Francisco Largo Caballero). O mejor aún: "Mi respeto y mi amor por la verdad me obligan a reconocer que la República española ha sido un fracaso trágico" (Gregorio Marañón, uno de los padres espirituales de la II República); o "Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a sus pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Lo que nunca pude concebir es que hubieran sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza" (Ramón Pérez de Ayala, otro de los padres fundadores); o el archiconocido y sintetizador “No es esto, no es esto” (Ortega y Gasset, el fundador que faltaba).

Pues bien, frente a las moradas reivindicaciones de los unos y las caralsoladas putrefactas de los otros, yo propongo la reivindicación, no de cara al futuro sino como reconocimiento al echar la vista atrás, de esos hombres que supieron apearse a tiempo y denunciar las continuas violaciones de la Libertad. Esos que fueron perseguidos por los dos bandos. Esos, en fin, que cuando no son mantenidos en el destierro de la memoria, son manipulados vilmente por la canalla ruin y torticera de los enemigos de la Libertad. Los mismos que, como contaba Sánchez Albornoz, tuvieron en sus manos formar “una tercera España que habría quizá cambiado el destino de todos los Hispanos”. Quién sabe.

(publicado en HL)