martes, noviembre 06, 2007

QUEVEDO, VALLE Y GROUCHO ANTE LAS ELECCIONES

Andan los politicastros ofertando el secreto de la felicidad a voz en grito. Salen a las calles y mercados a gritarle al pueblo que encontraron por fin el mapa del tesoro y que en la panza de su viejo galeón queda sitio para todos. El pueblo, que es de todo menos tonto, está ya chamuscado de tanto llamamiento vacío y tanta falsa moneda. Poco a poco va calando el desconcierto y ya parece que no acuden a las urnas más que los nostálgicos, y ni eso, que también éstos pululan desalmados y cabizbajos recordando no ya los tiempos en que tenía uno que pedir la vez en los colegios electorales sino los días azules y de infancia en los que había algo que añorar hacia el futuro, que es el modo de ejercitarse de los nostálgicos soñadores y visionarios: la nostalgia ya no es lo que era, como puede uno leer mientras mea en el Café Central. Parece que tenía razón Valle cuando tronaba por entre sus barbas aquéllo de que la anarquía es el único modo de regenerarse. A esto el pueblo no llega de lleno y tan a las claras, pero es algo que va fraguándose en cada desdoblada esquina, en cada barra deslenguada.

Lo dice mi barman desde el taburete de su local en la Puerta del Sol: la opinión publicada, Juanjo, no se parece en nada a la opinión pública. Y es así. A la gente le han salido ya agujetas de tanto como ha bajado a la arena política y mediática a husmear asuntos y conceptos que se le escapan, no por poca preparación sino porque esos asuntos y conceptos no hay dios que los entienda. Y si se entienden, peor aún, pues llega uno a conclusiones radicales que no llevan sino a los portales oscuros y fríos de la incomprensión. A la tiritera de un antisistema razonado y justo. A la anarquía de Valle, vamos, que es el único fin a perseguir cuando se comprende que, como decía Groucho Marx, la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados. Tóquese usted el níspero, Catalina, y vea cómo este hombre de repintado bigote y habano cachondón viene a tirar con una frase la fortaleza tras la que se resguardan tantos y tantos sinvergüenzas, salvapatrias y talibanes del bien común.

Ya se ha dicho antes que a estos niveles de atinación no llega la pana y el cuero de la muchedumbre. Lo cual no significa, como se ha escrito también, que sea esto, precisamente, lo que la muchedumbre ande incubando. Podríamos decir que el sentimiento general es algo así como aquello de Quevedo: fuimos doce a cenar, yo fui la cena. Eso que llaman la sociedad, a la que la Thatcher, como yo, no tenía el gusto de conocer, no es más que el maderamen con que avivar las calderas de la política. La cena con que alimentar al Leviatán. Y de esto los hay que empiezan a enterarse. De ahí que andemos viviendo los principios de una revolución silenciosa e involuntaria, muy a lo Ghandi y su resistencia pasiva y tal y tal, que puede ser acaso la revolución definitiva. La regeneración final de Valle, o sea.

Y ante esto, el nerviosismo paranoico de los partidos, esos ejércitos del lado oscuro que se inventan pasiones, no para ejercitarse, que dijera Voltaire de don Quijote, sino para tener algo de que discutir, carnaza con la que izar una bandera, un lema, un proyecto que al final resulta el mismo que el contrario, de falso y artificial como lo es. Nerviosismo paranoico, decimos, agravado por la impotencia de saberse incapaces de detener el aire fresco y globalizado de la libertad, de censurar las postales de paraísos fiscales y mares cibernéticos, de notar que el látigo de la legislación empieza a no ser lo suficientemente largo como para llegar a todas las espaldas. De ahí los miedos que tratan de sembrar, el que-viene-el-coco con que van tirando. Por eso esperemos que no les pongan fácil el camino ni las chapelas norteñas ni las mochilas lejanas. Que no nos rieguen otra vez de sangre los andenes. Que no pongan en marcha caravanas de pólvora y murciélagos. Porque si no, borrón y cuenta vieja. Y otra vez desde cero. (Publicado en HL)